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Europa en llamas: lo que la temporada de incendios 2025 nos dice sobre la gestión forestal

El verano de 2025 ha vuelto a poner a Europa en el centro de las noticias por un motivo dolorosamente recurrente: los incendios forestales. En España, Grecia, Portugal, Italia y el sur de Francia, miles de hectáreas han ardido en cuestión de días, dejando tras de sí un paisaje de cenizas, pérdidas humanas y un enorme impacto económico y ambiental.

Cada año, los incendios se presentan como un fenómeno inevitable, casi natural. Sin embargo, los datos y la ciencia insisten en lo contrario: el fuego es consecuencia de una combinación de factores climáticos, sociales y, sobre todo, de gestión del territorio. Lo que vemos en 2025 no es una excepción, sino el resultado acumulado de décadas de políticas centradas en la extinción en lugar de la prevención, del abandono rural y de una gestión forestal insuficiente.

Este artículo propone una mirada en profundidad a lo que está ocurriendo, por qué se repite y qué aprendizajes nos deja esta temporada para repensar la gestión forestal en Europa, con especial atención al caso español.

Los incendios de 2025 en cifras

Según datos preliminares del European Forest Fire Information System (EFFIS), entre junio y agosto de 2025 se han quemado en Europa más de 600.000 hectáreas de superficie forestal, una cifra que supera la media de la última década. En España, los focos más graves se han concentrado en Galicia, Castilla y León, Cataluña y la Comunidad Valenciana, con más de 90.000 hectáreas arrasadas sólo en territorio nacional.

La combinación de temperaturas extremas, olas de calor prolongadas y sequías recurrentes ha creado el escenario perfecto para que cualquier chispa —ya sea provocada o accidental— se convierta en un incendio de gran magnitud. En Grecia, los incendios han obligado a evacuar a más de 30.000 personas; en Italia, regiones como Sicilia y Cerdeña han declarado la emergencia climática.

Lo preocupante no son solo las cifras absolutas, sino la tendencia: cada temporada los incendios empiezan antes, duran más tiempo y afectan a zonas donde históricamente no eran habituales, como el centro de Europa.

El cambio climático como catalizador

El IPCC lleva años advirtiendo de que el cambio climático no crea incendios, pero sí multiplica su intensidad y frecuencia. Los veranos europeos son ahora más largos, más cálidos y más secos, lo que convierte a los bosques en auténticos polvorines.

En España, la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) ha confirmado que 2025 es el tercer año consecutivo en el que la primavera ha registrado precipitaciones un 20 % inferiores a la media. El déficit hídrico acumulado ha reducido la humedad del suelo y ha dejado a la vegetación en condiciones críticas.

El resultado es una mayor inflamabilidad: lo que antes podía controlarse como un fuego de superficie ahora se convierte en incendios de copas o incluso en “megaincendios”, fenómenos que generan su propia meteorología y resultan casi imposibles de extinguir con medios convencionales.

A close-up shot of dense Aleppo pine forest, Mijas, Spain.

Más allá del clima: el abandono rural

Sin embargo, no podemos atribuir toda la responsabilidad al clima. El abandono de las actividades tradicionales del campo ha transformado los paisajes mediterráneos. Durante décadas, la despoblación rural ha dejado miles de hectáreas de monte sin gestión. Los pastores que limpiaban los montes con el pastoreo, los agricultores que mantenían mosaicos de cultivos y los aprovechamientos forestales de leña, resina o carbón han desaparecido casi por completo.

El resultado es un exceso de combustible vegetal acumulado en los montes, que se convierte en el combustible perfecto para los incendios. En muchos territorios de la península ibérica, donde antes había un mosaico agrícola-forestal, hoy encontramos masas continuas y homogéneas de pinos o matorral, extremadamente inflamables.

El fuego, en estas condiciones, no encuentra barreras naturales ni humanas. Se expande sin freno.

Extinción vs. prevención: una estrategia desequilibrada

España ha invertido históricamente en uno de los sistemas de extinción más potentes del mundo, con brigadas especializadas, medios aéreos y protocolos coordinados. Pero la prevención ha quedado en segundo plano.

Según informes del Tribunal de Cuentas, el 70 % del gasto público en incendios se destina a la extinción, mientras que menos del 30 % se invierte en prevención. Esta desproporción refleja una visión reactiva: apagar el fuego cuando ya está desatado, en lugar de reducir las condiciones que lo hacen posible.El problema es que la extinción, por sí sola, es insostenible. Cada año los incendios son más grandes, más costosos y más peligrosos para los equipos humanos. La única estrategia eficaz a largo plazo es equilibrar la balanza, reforzando la gestión forestal preventiva.

Casos de éxito: cuando la gestión marca la diferencia

Aunque el panorama pueda parecer desalentador, existen ejemplos que demuestran que la gestión forestal sostenible funciona.

  • Galicia: en Valdeorras, varios pueblos han resistido a los incendios gracias a los viñedos que actúan como cortafuegos naturales. La viticultura, al mantener el suelo limpio y segmentado, crea barreras que frenan la propagación del fuego.
  • Portugal: el sistema de montado de alcornoques y encinas, cuando se gestiona de manera activa, reduce el riesgo de incendios gracias a su estructura de bosque claro y aprovechamientos continuos (corcho, bellota, ganadería).
  • Andalucía: en la Sierra de Aracena, proyectos piloto de silvopastoreo con cabras y ovejas están recuperando el papel del pastoreo tradicional como herramienta de limpieza natural de combustible.

Estos casos muestran que el bosque gestionado no solo resiste mejor al fuego, sino que también genera oportunidades económicas y sociales.

El papel de la sociedad y la corresponsabilidad

Los incendios forestales no son solo un problema ambiental, sino también social y económico. El turismo rural, la producción agrícola, la calidad del aire y la salud pública se ven directamente afectados.

Por ello, la solución requiere corresponsabilidad:

  • De los gobiernos, que deben invertir más en prevención y restauración.
  • De las empresas privadas, que pueden apostar por proyectos de compensación de carbono y gestión forestal sostenible.

De la ciudadanía, que debe comprender que los bosques no se mantienen solos y que su abandono tiene consecuencias colectivas.

La visión de Arkhenos

En este escenario, Arkhenos defiende un modelo de gestión forestal sostenible, responsable y económicamente viable. Nuestro trabajo parte de la convicción de que el bosque solo puede sobrevivir si es gestionado de manera integral:

  • Ecológica, para garantizar la biodiversidad y la resiliencia climática.
  • Económica, para ofrecer a los propietarios e instituciones un retorno que evite el abandono.
  • Social, para implicar a las comunidades locales y recuperar su vínculo con el territorio.

Los incendios de 2025 nos recuerdan que la respuesta no puede ser solo reactiva. Es urgente apostar por planes de ordenación forestal, prevención activa, silvicultura adaptativa y restauración ecológica tras los incendios.

Europa arde cada verano, y España se sitúa entre los países más vulnerables. El cambio climático seguirá empujando las cifras al alza, pero no estamos condenados a repetir este ciclo. Los incendios no son únicamente fenómenos naturales: son el reflejo de cómo gestionamos —o no gestionamos— nuestros bosques y paisajes.

La temporada de 2025 debe ser un punto de inflexión. Más allá del drama humano y ambiental, nos ofrece la oportunidad de cambiar el enfoque: invertir más en prevención, recuperar la gestión forestal sostenible y devolver vida económica y social al medio rural.

En Arkhenos creemos que solo así podremos dejar a las generaciones futuras un paisaje más resiliente, diverso y seguro. La elección es clara: seguir reaccionando cada verano o empezar a construir, desde hoy, bosques preparados para el mañana.

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